Ella

 El martes no empezó normal.

Primero fuimos a ver a la mamá de Raúl porque era momento de la despedida. Sé que ella tuvo que ver con su accidente y desde entonces le odio. No entiendo porqué mi hermano la quiere seguir viendo. Una mujer altanera y déspota que por azares del destino sigue viva y con una pinche suerte de perro callejero.

Sí, ella es como esos perros que viven de las caridades ajenas,  siempre haciendo ojitos o rengueando para que se les tenga más lástima. Lo malo es que ella sólo es una vieja flácida. Ningún perro de la calle se compara con su fealdad teatral: Los dientes apiñados y amarillos. Ya le faltan bastantes, el cabello seco, pajoso y teñido de un castaño claro a medio deslavar. Hasta paraece que ella se disfraza para dar lástima.

Me parece que desde muy joven empezó a consumir estupefacientes baratos que dejaron un brutal rezago en sus nervios. Al servirse su taza de café sus manos tiemblan como si toda su vida se hubiera dedicado a relaizar trabajos de precisión y después se lavara las manos con agua fría. Como una reumatitis le achaca los huesos y ni se diga de las piernas. Sus piernas son blandas, su carne siempre está brillosa pero cuarteada y suele andar con un bastón rídiculo que le gusta forrar de retazos de tela afelpada. Entre más infantil y melancólica, mejor.  Su ropa son también retazos pero de una tela sintética que se ve bastante barata. Como ese nylon del que pica, que de lejos se ve bonito pero ya viendo los detalles es opaco, mediocre y encima de todo dice soy pobre.

Pero quienes la conocen sabe que tiene casa propia, con servicios incluidos y vive de las limosnas que su hijo le aviena y ella como buitre muerto de hambre se atrev a pedir. Su propio ser miserable conlleva en su naturaleza una paradoja. El sentido de su vida depende de esta práctica performática. 

Que todos sepan cómo sufre, que su vida ha sido un tormento y que por eso tiene derecho a dar lástima. Porque la vida es sufrimiento y  desgaste sin propósito.

Porque ella no tiene la culpa de nada.

Porque ella sólo es una mujer.

Porque no puede.

Porque cómo va a ir a trabajar con el rengueo y los nervios achacosos.

Rosalía tiene 43 años pero se mira de 57, estimo con mis compañeras de la maquila. En efecto, suele sere la comidilla de las tardes y de paso leyenda urbana de la maquila, se dice que trabajó aquí por seis años pero que sequedó embarazada a los 22. Que al irse a tomar su incapacidad después de aliviarse, tuvo un accidente automovilístico camino al trabajo y que por eso el rengueo. Otros dicen que a Raúl lo tuvo muy chamaca, como a los quince, pero que nucna lo quiso y que a los veintidós fue el segundo embarazo pero como no quería otro engendro se metió un alambre por el fundillo y empezó a sangrar  hasta que se desvaneció. Cuando despertó en el hospital ya no podía caminar. 

- Y de paso ya tenía los nervios bien jodidos - añade otra.

Yo conozco estas historias porque soy la que hace los mandados en la maquila. Porque tengo que ir a dejarle su cheque de incapacidad porque la causa de todos sus males comenzó  con el mentado trabajo.

La primera vez que me hablaron de ella, sentí mucha pena por su condición, incluso pensé en visitarle una vez a la semana y llevarle pan para hacerla tertulia con ella. 

Pero la conocí, y entendí todo.

Desde el inicio pude notar que es de las personas que no te miran a los ojos, que el sufrimiento por el que se ven inflingidos está más escrito en las bocas de sus conocidos que en la misma persona. Se notaba que ella tenía problemas, como todos, pero parecía no importarle. Con esa mirada impávida mantuvimos una larga conversación la primera vez que le fui a dejar el cheque de incapacidad.

La casa era más bien un edificio de tres pisos que pertenecía a dos de sus hermanos. Estaba divida en tres pequeños departamentos para que cada cual tuviera su privacidad pero ambos hermanos, mayores que ella, habían  fallecido hace un par de años debido a enfermedades crónicas cardivasculares. 

Mientras me contaba esto, no pude evitar notar su delgadez que hacía juego con su obsceno detrimento. Tal vez esperaba no correr con la misma suerte que los suyos y prefería vivr de forma austera - pensé- 

Me invitó a entrar después de que le di el cheque y le mostré un par de mantecadas de vainilla y un cuernito con chocolate.

Por el balcón, me lanzó un juego de llaves para abrir la reja principal del edificio y así subir al segundo piso. 

Ahí pude ver que su casa era un espacio decorado por bisutería y marcos de encaje con fotos de personas que sólo ella sabía si eran su familia o algún recorte que le gustó de los catálogos de zapatos o equis revista del corazón. Esto lo sospeché porque afirmaba constantemente que ya nadie la venía a visitar.

La sala era apolillada, ocre y los sillones parecían estar hechos de yute café y rellenos de una espuma tiesa, como piedra. Eran incómodos y también picaban como esta tela nylon con la que confeccionaba su ropa. Cualquier germófobo hubiera huido al instante.


Como en cualquier empleo proletario, obviamente esos trámites dependen más del tráfico de influencias que de la veracidad testimonial de un documento.  Aquí la burocracia es maquillaje del proteccionismopaternalista que nuestro querido empleo siempre 

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